lunes, 8 de diciembre de 2014

Sed.

Leningrado, 1941. La guerra ésta lejos, Tatiana y Dasha Metalof viven en un minúsculo departamento con sus padres, sus abuelos y el hermano mellizo de Tatiana. La vida es dura con Stalin, pero ni siquiera imaginan las privaciones que aún les espera. La luz entró a través de la ventana desparramando la mañana por toda la habitación, Tatiana Metalof dormía el sueño de los inocentes, el sueño de la alegría de las cálidas y blancas noches de Leningrado, de los jazmines en junio, pero sobre todo rebosante de vida dormía el sueño exuberante de la intrépida juventud.
No durmió mucho más.- Levántate ahora mismo escuchó. Dentro de unos minutos transmitirán un anuncio muy importante por la radio. - mamá, ¿qué anuncio?, espió de reojo la expresión  tensa de su madre ¿Qué anuncio?,- transmitirán un anuncio del gobierno dentro de unos minutos. Eso no era frecuente, algo pasaba.
Sonaron unas descargas estáticas en la radio, eran las doce y media del 22 de junio de 1941.
-Hombres y mujeres, ciudadanos de la Unión Soviética, el comandante Stalin me ha encomendado la lectura del siguiente comunicado, anuncian en la radio. A las cuatro de la mañana sin una declaración de guerra las tropas alemanas han atacado nuestro país y han efectuado bombardeos aéreos. El gobierno los llama, ciudadanos y ciudadanas para que los agrupéis todavía más estrechamente alrededor de nuestro partido bolchevique. Nuestra causa es justa, el enemigo será aplastado, la victoria será nuestra.
No he podido despegarme de mi libro de turno ni un solo momento, pienso: ¿cómo será mi día cuando no tenga qué leer? durante cinco minutos no hubo manifestaciones de guerra sólo un precioso domingo de junio en Leningrado, Tatiana desvió la vista un momento y vio a un soldado que la miraba desde otro lado de la calle, Leningrado estaba llena de soldados pero ese la miraba con una expresión que nunca había visto antes.
No acababa de decidir si él tenía más o menos su misma edad, no parecía mayor, era un joven que la miraba con los ojos de un hombre. Él vino a sentarse en el banco, compartieron el silencio, -¿cómo podrían compartir el silencio si acababan  de conocerse?, es más, no se conocían en absoluto, ni siquiera el nombre ¿Cómo podrían compartir nada?
En cada libro que he leído hay una historia  que he vivido intensamente, en mí esas fantasías se hacen realidad, en vano trato de apartarlas.
En unas horas tengo que ir al Pepan, pero ésta lectura me consume, ésta sed de leer anula cualquier esfuerzo de mi voluntad, ¿Cómo no interpretar a los personajes si a veces mi propia historia es similar?
Me vestí de prisa, sabía que tenía que salir rápidamente, sino no lo haría. Llegué al Pepan, tenía que entregar trabajos a mi profesor de relato de vida, abandoné el coche que me llevo pensando en Alexander y Tatiana, protagonistas de la novela que estoy leyendo, ¡Cuánto amor los une!, tanto más después de haber probado el dulce fruto de la pasión.
En la más horrible de las situaciones, como el inicio de la guerra nace en ellos la más hermosa sensación de sus vidas, el amor.
Entrega y horror. La guerra estalla del otro lado del rio, Hitler contra Rusia. Esa noche los sonidos a bombas fueron intensos, los gritos de las madres y todo eso no me dejaba escuchar ni entender los relatos de mis compañeros porque en mi mente estaba en el último capítulo de la novela. No podía imaginar el final, me puse de pie. Por mi mente pasó como dulce sinfonía la palabra biblioteca, no lo pensé dos veces, solo pedí permiso y salí. Sabía que el libro estaba allí porque lo había visto sobre el escritorio de la biblioteca. El trecho que me separa del patio es extenso, recorro una hermosa galería luminosa de amplios ventanales, por donde la luz del día se filtra como un regalo de la naturaleza. A la derecha, amplios salones de techos muy altos y pisos de madera, cálidos, limpios y amplios, nada que ver con los minúsculos ambientes donde viven los Metalof de la novela, hacinados, durmiendo tres personas por cama, donde no hay luz ni gas ni agua. Allí en ese lugar del mundo las temperaturas son mínimas, los fríos intensos provocan congelamiento de las tuberías, los alimentos se compran por gramos teniendo que hacer muchas horas de cola para poder tenerlos, la guerra es devastadora.
Estaba a unos pocos pasos de la escalera que me llevaría a la biblioteca del Pepan, solo dos escalones, mi sed me consumía. El frío me rozó, haciéndome estremecer. Recorrí ese tramo toqué suavemente la puerta, ésta se abrió. Una luz intensa me cegó, la guerra era feroz, y como salida de la bruma anaranjada que provocaban las bombas, veo a Tatiana corriendo detrás del camión que transportaba a Alexander al frete de batalla. Su corazón está a punto de estallar, quiere decirle, gritarle que tendrán un hijo, pero es en vano, el transporte ya se encuentra en medio del lago congelado, la palidez de Tatiana es cadavérica, reprimida en las ansias de correr tras Alexander cae de rodillas, en el preciso momento en que una ráfaga de metralla impacta en el vehículo y hace que el lago se abra en dos devorando el camión ¡cuánto dolor! Alexander desaparecía de su vista y de la vida. Con el pecho oprimido salí de la biblioteca descendí los doce escalones, me senté en el último, puse la cabeza sobre mis rodillas como esperando relajarme, el aire estaba muy frio, peligroso para mi salud.

Parte de mí murió con Alexander sin embargo la esperanza de saber que Tatiana dará vida me estimula a encontrar otra historia que haga volar mi imaginación.

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