domingo, 18 de enero de 2026

Sublime Oscuridad 2

 

A la mañana siguiente Carlos no estaba, miré a mi alrededor todo en orden como si hubiese dormido sola, en la cocina solo el diario que leí el dia anterior con el enunciado “A OCHENTA AÑOS DEL ACCIDENTE DE LA FAMILIA ORRUTIA”. Pasado el mediodía Carlos no me había llamado aun.

Mientras tomaba un té repase todo lo vivido y me di cuenta que en ningún momento nos dimos el número de teléfono, qué “despiste”, pasó el sábado también el domingo. El lunes a primera hora decidi ir al banco, me dirigí a la ventanilla donde conocí a Carlos cuán grande fue mi sorpresa cuando vi en ese lugar un enorme cuadro donde un señor muy joven con un bastón blanco en la mano posaba elegantemente vestido con polera beige, campera uva y pantalones negros, no podía creer lo que veía. Mucha gente hacia cola en las ventanillas, pero al fondo en un escritorio se encontraba una señora mayor y a ella acudí.

-¿En qué puedo servirle? –preguntó.

–Quisiera ver al señor Carlos- respondí.

–El señor Carlos Urrutia no se encuentra en el país.

- ¿Cómo que no está en el país?

- Hace un mes que está en Europa –respondió. Recorriendo distintas empresas no podía entender nada.

- Le cuento señora, el viernes yo salí con el señor Carlos, fuimos a bailar a la confitería que esta al sur de la ciudad, luego fuimos a mi casa-.

La mujer me miraba como si estuviese loca.

–Señorita, - preguntó- ¿está usted bien? ¿Qué quiere decir con eso? Al sur de la ciudad no hay ninguna confitería, solo se encuentra el cementerio-.

Escuchaba y no reaccionaba, ¿el cementerio? ¿Qué decia esta mujer? Esto es mucho más que un sueño. Caminé entre la gente y en un momento me encontraba tomando un taxi.

–Al sur de la ciudad, por favor -.

A medida que el coche avanzaba veía todo diferente, nos alejábamos de la ciudad, sabía que cuando tomáramos la curva nos encontraríamos con la confitería. El chofer me miraba por el retrovisor.

– ¿Se siente bien, señorita? –preguntó.

–Sí, -respondí- solo que creo que me perdí.

– ¿Usted va al cementerio?

- No, - le dije- voy a la confitería que está detrás de la curva,

-Bueno, -dijo- entonces creo que usted se ha equivocado, detrás de la curva solo está el cementerio-.

Un frio helado me recorrió la espalda, el silencio fue tal que solo escuchaba un ruido a llaves que al moverse el chofer salían de su campera. Me bajé y así fue, estaba frente a la entrada del cementerio.

-¿Quiere que la espere? –preguntó.

– Sí, por favor-.

¿Qué estaba buscando? ¿A quién buscaba? El corazón se me salía del pecho, las manos humedecidas por una transpiración fría helada, camine lento y allí en un antiguo panteón la leyenda que decía “Familia de Carlos Urrutia, 1935- 2015” Ochenta años atrás, qué coincidencia, ¿por qué tuve que pasar por aquí?

Estaba clavada en el piso no atinaba a nada, el cielo comenzaba a nublarse, nubes de lluvia amenazaban. Cuando de repente, una voz metálica, detrás de mí, preguntó:

-¿Piensa usted entrar?-.

Quise correr y no pude pero saque valor, me di vuelta y dije:

-Sí, voy a entrar-.

El mismo ruido de llaves que escuche en el taxi, era lo único que escuchaba, abrió la puerta y un agradable olor a perfume me invadió. Ese era mi perfume… Entré camine unos pasos y allí estaba el ataúd de Carlos Urrutia, me acerque lentamente y cuán grande fue mi sorpresa cuando vi sobre el féretro un ramo de rosas blancas, las mismas rosas que el viernes me llevo Carlos, frescas, radiantes, no podía ser. Un nudo en la garganta me impedía respirar, el viento otoñal hizo que algo se moviera, me di vuelta vi sobre una banqueta de terciopelo rojo una caja, camine lentamente, la abrí. Dentro se encontraba doblada una polera beige, una campera uva y pantalones negros y una tarjeta amarilla por el tiempo que decía: “Mis ojos serán tus ojos, mi luz iluminará tu vida, viviré para ti y seremos uno… ¡Mis palabras!”.

Nuevamente la voz metálica me trajo a la realidad.

– esa es la ropa que su novia le preparó para el día de la boda, murieron en un accidente-.

- ¿y las rosas? – pregunté.

Él contesta – ese era el ramo de novia-.

–Pero si son flores frescas- le dije.

--Sí dice bien, ese es uno de los grandes misterios, se marchitaran el día que se reencuentren-.

No entendía nada, mi mente estallaba, lo miré a los ojos.

– ¿usted y yo nos conocemos?

–No, que yo sepa- respondió.

Volví a mirar a ese hombre, el chofer del auto antiguo que nos retiró de la casa el viernes, solo que con unos años menos.

– Usted nos llevó a la confitería el viernes-.

–señorita, usted no está bien-.

Sin darme cuenta desapareció de mi vista. Cuando no vi el taxi Salí corriendo, creí que enloquecía.

Al llegar a casa, agotada de caminar tanto, me di cuenta que nunca estuvieron las rosas, el florero seguía guardado en el mismo lugar, fui al mueble y abrí el cajón. Allí se encontraban las boletas y dentro de ellas el dinero con que debía pagarlas. Fui a la cocina y sobre la mesa el diario abierto en la página que decía: “a ochenta años del accidente…”

¿Qué fue lo que me pasó? ¿Un sueño? ¿Una premonición? Creo que nunca lo sabré, quizá algún día…

Pasó una semana, tenía que ir al banco. Una sensación extraña me embargaba. Cuando llegué miré hacia el lugar donde conocí a Carlos. Un hombre de espaldas a mí miraba el cuadro, lentamente se dio vuelta y era él, Carlos.

Tenía en las manos un ramo de rosas secas. Caminé en sentido contrario, quería salir corriendo.

–Señorita- escuché.

-¿Usted quería ver al señor Urrutia?- Me dijo la secretaria.

En ese momento la voz de una clienta de mi local dice:

–Rocío te estuve llamando, una amiga quiere que medies un encuentro con su novio –sí, llámame-.

Desde el final del pasillo nuevamente escuché:

- señorita el señor Urrutia llegó de Europa, ¿quiere verlo?

–no gracias, será en otro momento- respondí.

Salí a la calle, el viento frio me heló la cara. Caminé y sin darme cuenta llegué a casa. ¿Podré algún día entender lo que pasó? Quizá fue solo un sueño O quizás un encuentro entre dos personas que se amaron…

 

ROCIO FERNANDEZ

PARAPSICOLOGA

“ENCUENTROS CON EL MAS ALLA”

Sublime Oscuridad

    Salí de la casa con la idea de ir al banco, tenía que pagar impuestos. Me abrigué con mi campera azul y la chalina rosa. Afuera, una de las primeras mañanas de otoño fría, gris y ventosa. Las hojas de los árboles cubrían las veredas, destellos de colores ocres, amarillos y rojos, las cubrían con un manto multicolor. Todo pintaba como para que cuando saliera del banco pasara por un bar y me tomara un café bien caliente.

Cuando llegué me llamó la atención que casi no había gente, y dije para mí: ¡mejor imposible! Me acerqué a la caja, hice un movimiento para que el señor que estaba allí, de espalda a mí se diera vuelta, y así fue. Cuando lo hizo me di cuenta que el joven (porque se veía joven) era ciego.

 –Perdón dije- quisiera pagar este impuesto ¿usted puede?

– Sí, como no- respondió. Miré sus manos tan finas y cuidadas al acariciar la boleta.

-Hermosas manos- pensé en voz alta

- ¿Cómo dijo? – preguntó.

– No, nada- contesté. ¡Qué oído!

- Por su voz creo que usted debe de ser una mujer muy joven- dijo él.

Casi muero al escuchar eso, me sonrojé

– bueno, no se ponga colorada tan solo fue un piropo-.

No podía creer qué buen mozo.

-hay poca gente hoy- dije, como para decir algo.

– Sí, a esta altura del mes es así, termina mi horario, cierro la caja y salgo.

– ¡Qué bien!- contesté, selló mi boleta, cobró y cuando me la dio me rozó las manos; me estremecí, una sensación extraña recorrió mi cuerpo.

– la invito a tomar un café en el bar de la esquina ¿le parece? Charlamos un rato y nos conocemos- me dijo

Qué descarado éste tipo, pensé, pero no estaría mal si acepto no hago nada de malo, yo tenía el mismo plan.

–Bueno, vamos- dije.

– ¿Cuál es tu nombre?-me preguntó.

– Rocío- respondí

– ¿y el tuyo? – Carlos, lindo nombre rocío-.

     La mañana pasó casi sin darnos cuenta, charlamos de todo le conté mi vida de pe a pa. Él igual. Lo que más me gustó fue cuando dijo que si bien su problema era importante nunca lo anuló, siempre lucho para salir adelante, fue un accidente muy grave.

     Pasado el mediodía nos despedimos

-¿qué haces esta noche Rocío? Mañana es sábado, si queres vamos a bailar o escuchar música-.

No lo podía creer, éste hombre avanzaba con todo y lo más raro es que yo acepté.

–Bueno pasó por vos a las nueve-.

– Me parece bien Carlos-..

Ni un minuto antes ni un minuto después el timbre sonó. Bajé las escaleras casi corriendo llegué a pensar que estaba loca. Cuando abrí la puerta cuán grande fue mi sorpresa. Ante mí estaba parado el hombre más hermoso que pasó por mi vida.

     Pantalones oscuros sumamente ajustados que realzaban su naturaleza, polera color manteca, campera deportiva color uva y un ramo de rosas en las manos. Me quedé sin palabras.

- ¡hola! Ya estás lista?

– sí contesté.

Un coche deportivo esperaba en la puerta, me tomó de la mano con mucha naturalidad y el chofer nos abrió la puerta. Realmente no entendía nada. Nos dirigimos hacia el sur de la ciudad. Creo que este recorrido era muy normal o habitual en él.

El lugar era hermoso, gente muy distinguida con copas en las manos unos bailaban otros charlaban amenamente. Nos sentamos en un lugar muy cálido con mullidos sillones de cuero. Pidió unas copas.

- ¿bailamos?

- sí- respondí. Puso su mano sobre mi cintura y muy amarrada a él me llevó hasta la pista.

Sus labios rozaban mi cuello, su aliento tibio me estremecía, sus manos recorrían mi espalda como acariciándola.

– tu piel es tan suave y tu perfume me fascina- dijo.

Me sedujo hoy aun cuando no me había dado vuelta, quedé atrapada en él.

En la ardiente oscuridad de ese cuarto solo el roce de los cuerpos se percibe, estallando el placer en las paredes, inundando el entorno de gemidos que sonaban cual música celestial en mis oídos. Sus besos, sus caricias, sus manos exploraban mágicamente mis zonas ocultas. Deseo la suavidad de esos dedos que recorren mi cuerpo. Quiero tenerlo para siempre, soy feliz porque estábamos juntos, su boca susurraba palabras tan bellas que hacían que mi mente cabalgara sobre caballos alados resaltaba las mil maravillas de cuentos soñados.

 Y dije:

- mis ojos serán tus ojos y mi luz iluminará tu vida, viviré para ti, seremos uno y estos momentos serán nuestros tesoros. No es importante que tus ojos no tengan vida, caminaremos juntos recorriendo senderos, devorándonos en cada encuentro, el fuego de la pasión será el que nos haga ver el sudor de nuestros cuerpos, la lava del volcán nos bañara en cada encuentro y estallaremos de placer en cada lugar-.