A
la mañana siguiente Carlos no estaba, miré a mi alrededor todo en orden como si
hubiese dormido sola, en la cocina solo el diario que leí el dia anterior con
el enunciado “A OCHENTA AÑOS DEL ACCIDENTE DE LA FAMILIA ORRUTIA”. Pasado el
mediodía Carlos no me había llamado aun.
Mientras
tomaba un té repase todo lo vivido y me di cuenta que en ningún momento nos
dimos el número de teléfono, qué “despiste”, pasó el sábado también el domingo.
El lunes a primera hora decidi ir al banco, me dirigí a la ventanilla donde
conocí a Carlos cuán grande fue mi sorpresa cuando vi en ese lugar un enorme
cuadro donde un señor muy joven con un bastón blanco en la mano posaba
elegantemente vestido con polera beige, campera uva y pantalones negros, no
podía creer lo que veía. Mucha gente hacia cola en las ventanillas, pero al
fondo en un escritorio se encontraba una señora mayor y a ella acudí.
-¿En
qué puedo servirle? –preguntó.
–Quisiera
ver al señor Carlos- respondí.
–El
señor Carlos Urrutia no se encuentra en el país.
- ¿Cómo
que no está en el país?
- Hace
un mes que está en Europa –respondió. Recorriendo distintas empresas no podía
entender nada.
- Le
cuento señora, el viernes yo salí con el señor Carlos, fuimos a bailar a la
confitería que esta al sur de la ciudad, luego fuimos a mi casa-.
La
mujer me miraba como si estuviese loca.
–Señorita,
- preguntó- ¿está usted bien? ¿Qué quiere decir con eso? Al sur de la ciudad no
hay ninguna confitería, solo se encuentra el cementerio-.
Escuchaba
y no reaccionaba, ¿el cementerio? ¿Qué decia esta mujer? Esto es mucho más que
un sueño. Caminé entre la gente y en un momento me encontraba tomando un taxi.
–Al
sur de la ciudad, por favor -.
A
medida que el coche avanzaba veía todo diferente, nos alejábamos de la ciudad,
sabía que cuando tomáramos la curva nos encontraríamos con la confitería. El
chofer me miraba por el retrovisor.
– ¿Se
siente bien, señorita? –preguntó.
–Sí,
-respondí- solo que creo que me perdí.
–
¿Usted va al cementerio?
- No,
- le dije- voy a la confitería que está detrás de la curva,
-Bueno,
-dijo- entonces creo que usted se ha equivocado, detrás de la curva solo está
el cementerio-.
Un
frio helado me recorrió la espalda, el silencio fue tal que solo escuchaba un
ruido a llaves que al moverse el chofer salían de su campera. Me bajé y así
fue, estaba frente a la entrada del cementerio.
-¿Quiere
que la espere? –preguntó.
– Sí,
por favor-.
¿Qué
estaba buscando? ¿A quién buscaba? El corazón se me salía del pecho, las manos
humedecidas por una transpiración fría helada, camine lento y allí en un
antiguo panteón la leyenda que decía “Familia de Carlos Urrutia, 1935- 2015”
Ochenta años atrás, qué coincidencia, ¿por qué tuve que pasar por aquí?
Estaba
clavada en el piso no atinaba a nada, el cielo comenzaba a nublarse, nubes de
lluvia amenazaban. Cuando de repente, una voz metálica, detrás de mí, preguntó:
-¿Piensa
usted entrar?-.
Quise
correr y no pude pero saque valor, me di vuelta y dije:
-Sí,
voy a entrar-.
El
mismo ruido de llaves que escuche en el taxi, era lo único que escuchaba, abrió
la puerta y un agradable olor a perfume me invadió. Ese era mi perfume… Entré
camine unos pasos y allí estaba el ataúd de Carlos Urrutia, me acerque
lentamente y cuán grande fue mi sorpresa cuando vi sobre el féretro un ramo de
rosas blancas, las mismas rosas que el viernes me llevo Carlos, frescas,
radiantes, no podía ser. Un nudo en la garganta me impedía respirar, el viento
otoñal hizo que algo se moviera, me di vuelta vi sobre una banqueta de
terciopelo rojo una caja, camine lentamente, la abrí. Dentro se encontraba
doblada una polera beige, una campera uva y pantalones negros y una tarjeta
amarilla por el tiempo que decía: “Mis ojos serán tus ojos, mi luz iluminará tu
vida, viviré para ti y seremos uno… ¡Mis palabras!”.
Nuevamente
la voz metálica me trajo a la realidad.
– esa
es la ropa que su novia le preparó para el día de la boda, murieron en un
accidente-.
- ¿y
las rosas? – pregunté.
Él
contesta – ese era el ramo de novia-.
–Pero
si son flores frescas- le dije.
--Sí
dice bien, ese es uno de los grandes misterios, se marchitaran el día que se
reencuentren-.
No
entendía nada, mi mente estallaba, lo miré a los ojos.
–
¿usted y yo nos conocemos?
–No,
que yo sepa- respondió.
Volví
a mirar a ese hombre, el chofer del auto antiguo que nos retiró de la casa el
viernes, solo que con unos años menos.
–
Usted nos llevó a la confitería el viernes-.
–señorita,
usted no está bien-.
Sin
darme cuenta desapareció de mi vista. Cuando no vi el taxi Salí corriendo, creí
que enloquecía.
Al
llegar a casa, agotada de caminar tanto, me di cuenta que nunca estuvieron las
rosas, el florero seguía guardado en el mismo lugar, fui al mueble y abrí el
cajón. Allí se encontraban las boletas y dentro de ellas el dinero con que
debía pagarlas. Fui a la cocina y sobre la mesa el diario abierto en la página
que decía: “a ochenta años del accidente…”
¿Qué
fue lo que me pasó? ¿Un sueño? ¿Una premonición? Creo que nunca lo sabré, quizá
algún día…
Pasó
una semana, tenía que ir al banco. Una sensación extraña me embargaba. Cuando
llegué miré hacia el lugar donde conocí a Carlos. Un hombre de espaldas a mí
miraba el cuadro, lentamente se dio vuelta y era él, Carlos.
Tenía
en las manos un ramo de rosas secas. Caminé en sentido contrario, quería salir
corriendo.
–Señorita-
escuché.
-¿Usted
quería ver al señor Urrutia?- Me dijo la secretaria.
En
ese momento la voz de una clienta de mi local dice:
–Rocío
te estuve llamando, una amiga quiere que medies un encuentro con su novio –sí,
llámame-.
Desde
el final del pasillo nuevamente escuché:
-
señorita el señor Urrutia llegó de Europa, ¿quiere verlo?
–no
gracias, será en otro momento- respondí.
Salí
a la calle, el viento frio me heló la cara. Caminé y sin darme cuenta llegué a
casa. ¿Podré algún día entender lo que pasó? Quizá fue solo un sueño O quizás
un encuentro entre dos personas que se amaron…
ROCIO FERNANDEZ
PARAPSICOLOGA
“ENCUENTROS CON EL MAS ALLA”
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